Autómata del alma
Xavier Berenguer
 

No sólo no es cierto que la Tierra sea el eje del sistema solar, sino que, para colmo de soledades, nos hallamos suspendidos en un rincón oscuro de la galaxia. Se dice que hay 15.000 millones de años por detrás nuestro y que antes de este largo estío hubo otros en los que el Universo se dilató y contrajo como una pasión.

El firmamento ya no existe. Hay por ahí estrellas que explotan y huyen a distancias completamente inasibles. Tampoco se detiene nunca el inventario de partículas atómicas. Acaba de descubrirse a unos quarks (a los que los cientificos-poetas llaman encanto, extrañeza y hasta verdad) que configuran otro más allá ilimitado de la materia, y ya nadie sabe nada de ella.

En cuanto al hombre, las claves, las motivaciones y los empujes de cada uno ya no vienen de arriba (lo sobrenatural), pero tampoco de abajo (el sexo, el poder o la muerte). Resulta que todo está escrito en un minúsculo programa de DNA (ácido desoxirribonucleico) que se guarda en lugar mucho más recóndito que el cielo o el corazón.

Siempre hay pensamientos que liquidan los misterios sobre la base de la existencia de un sumo hacedor. Y así, el trueno (y la opresión y la infelicidad) resultan -es difícil entender cómo- más soportables. Sin embargo, he aquí que detrás del trueno está el rayo; tras él, fuerzas eléctrícas que chocan, y tras ellas, el campo electromagnético, el campo gravitatorio, las interacciones débiles y fuertes, y un caos absoluto de luz y de materia. Para este tipo de pensamientos lo dificil es ahora saber dónde empieza la obra de Dios, en qué consiste la creación, y hasta qué clase de ser todopoderoso es ese capaz de organizar semejante confusión. Dentro de cinco siglos -el mismo tiempo que ha tardado en homologar a Galilelo-, la Iglesia deberá aceptar tal cantidad de enigmas que se hace difícil imaginar en qué va a quedar su misión consoladora.

Nunca como en nuestro tiempo el conocimiento había generado tantos descubrimientos y, a la vez, tantas incógnitas. Por encima de los temores que suscita, ésta es la grandeza de la ciencia. Tan grande como su carrera implacable hacia el desvelamiento de esos misterios. La persecución de lo desconocido forma parte esencial del hombre, y la ciencia, con el permiso de la Mosofia, es uno de los modernos vehículos de esa persecución.

Si existe un dios, ese dios reside en el interior de los enigmas que la ciencia despliega día a día ante nuestros ojos. Es un dios como tendencia, un dios al que se hostiga, un dios que sólo es en la interioridad del hombre y cuya única tarea consiste en fecundar sus sueños.

Desde lejanos tiempos el hombre ha imaginado, proyectado y construido una larga serie de artefactos -autómatas- en los que se hace presente un sueño ancestral: parecerse a Dios, imitar a Dios en una de sus más admiradas potencias: crear, reproducir una criatura semejante al propio hombre.

El ordenador (uno de los productos de esa ciencia que se pregunta) representa una culminación en la larga historia de los autómatas. No sólo será el responsable de que consigamos reproducir los movimientos del cuerpo humano, leit motiv, del pasado de esa historia, sino que, además, podemos permitimos el lujo de ambicionar con realismo algo mucho más sonado: crear el alma.

Dentro de poco tiempo, un diminuto procesador electrónico de imágenes devolverá la vista a un ciego. Devolver la vista a un ciego no es otra cosa que devolverle una parte del alma.

Sólo corresponde a una parcela del intrincado mecanismo lógico de la mente, es cierto, pero ¿se había visto antes a un chimpancé o a una montaña jugar al ajedrez como ahora hacen algunos programas informáticos?

Hay problemas combinatorios que sólo un ordenador puede abordar y resolver con acierto. Pronto habrá una electrónica que, si no llega a la entera reproducción del cerebro humano, poco le va a faltar.

Los especialistas dicen con cierta ironía: la inteligencia artificial es una cuestión de 10, 20, 50 0 100 años. En cuanto a la discusión sobre qué y qué no es la inteligencia humana (o las emociones, que hasta ahí llegan los discursos), baste decir que, aunque a trozos, la copia del alma existirá tarde o temprano.

La pregunta es: ¿qué clase de autómata animado vamos a crear?

El debate se localiza hoy lejos de aquí: en las universidades americanas de vanguardia, bajo el manto protector de las multinacionales de la informática.
Por lo que pudiera ser, conviene prepararse ante el resultado de este debate, porque a todos va a trascender.

Acaso el dios que inspire los nuevos autómatas sea el dios del paraíso y éstos sirvan un mundo de alegría, de goce de sentidos, de arte. No es fácil desembarazarse de la utopía (además de enigmas, la ciencia genera utopías como nadie) de un mundo que disponga energía infinita. Si los fabricantes de autómatas consultan sólo los buenos oráculos, día llegará en que la tradición eterna del trabajo se habrá trasladado a un planeta muerto y aquí todo será un vivir en armonía con la naturaleza.

Tómese un ejemplo más próximo: si nos lo permiten, pronto podremos acceder a cualquier obra literaria, o de pintura, o de cine, con sólo apretar una tecla. Eso es valioso; la vida -o sea el alma- también se nutre de contemplación.

Leopardi, un poeta de nítida inspiración divina, propuso el establecimiento de una academia de silógrafos que abriera un concurso para otorgar premios por la invención de tres autómatas. El primer premio se daría al autómata-hombre incapaz de calumniar, de sentir envidia y de divulgar un secreto. El segundo premio sería otorgado a quien construyera un hombre de vapor artificial (era el vapor la fuerza por excelencia en tiempos de Leopardi), que sólo ejecutara actos de virtud y de magnanimidad. El tercer premio iba a concederse al autómata capaz de realizar los deberes de una mujer fiel y que se conservara siempre como fuente de felicidad conyugal.

Sin embargo, al igual que el dominio de la tecnología nuclear puede conducirnos a una devastación jamás conocida, la consecución de una réplica del alma, del autómata supremo; puede configurar un mundo de densa tiniebla.

Según cuál sea la fuerza triunfante en el debate, es más que probable que mientras hagamos el amor un detector electrónico evalúe el ritmo de nuestro jadeo y nos diga al terminar: debe usted beber menos. Y, lo que es peor, seguiremos su consejo.

De seguir así las cosas, acabaremos todos en el estómago magnético de un ordenador. Censados, almacenados, vigilados y, para colmo, convencidos de que era necesaria una cruzada antiterrorista con derecho a casi todo.

Será que el autómata del alma imita al dios-diablo. El mismo dios que presidirá satisfecho el velo de nuestros añicos porque cierto día convenimos que la instalación de autómatas-misiles en nuestro suelo (o la alianza con sus instaladores, es lo mismo) era justa y necesaria.

Publicado en El País, 24-9-1984



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